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  Mayo 1999. Opinión
Política de Tierra Quemada del Ayuntamiento de Mogán en Veneguera
Alexis Cazorla

Cuando la opinión pública le quita la razón, cuando los ecologistas demuestran cada vez más con datos la importancia del ecosistema del barranco de Veneguera y su desembocadura en playa de cantos y arena negra, cuando no le quedan más recursos que reducir las previsiones urbanísticas de este enclave, para salvaguardar las gestiones económico - especulativas que ciertas empresas y bancos tienen sobre él, surge la solución perfecta, la más antigua y cruel de las tácticas: LA TIERRA QUEMADA.

Sabedores de los valores paisajísticos existentes y de la imposibilidad de acabar con ellos a las bravas, se desentienden de la protección del paraje permitiendo en Semana Santa, lo que en ninguna otra playa del litoral moganero se permite: acampar, pero además no de forma controlada sino todo lo contrario. Esta Semana Santa se podían contar por cientos las casetas en primera línea de playa y otras tantas en las dos siguientes hileras, amén de dos kilómetros del cauce del barranco, completamente atestados de coches.

El dantesco espectáculo lo completaban un vertedero de basuras a escasos 50 metros del nivel del mar y unas grutas de incalculable valor ecológico, convertidas en retretes de unos cuantos cientos de almas, aparte claro está, del interminable reguero de desperdicios que se podían ver a lo largo y ancho de la playa.

El Ayuntamiento alegará ahora que no había permitido la acampada, pero lo cierto es que no se vio ni un solo Policía Local, miembro de Protección Civil, Costas, Medio Ambiente o Representante Local alguno, que lo impidiera o controlara. Dirán que es un espacio inmenso e imposible de controlar, aunque solo haya una carretera de acceso a la playa que podría haber sido controlada con un solo agente; cuando lo cierto es que permitiendo la destrucción del entorno por parte de un grupo de irresponsables, tienen las manos limpias y el camino despejado para decir cosas como que el paraje carece de valor ecológico alguno, o que no existen razones de peso para no edificar en él.

Me avergüenzo de ser canario, si ser canario es hacerle el juego a este grupo de caciques, que siguen haciendo de la especulación un arte. Si ser canario significa hacinarse en una playa de 100 m, y convivir cinco días en un estercolero, ante la agónica mirada de los guinchos, las gaviotas y las pardelas que ven como poco a poco se escapa la esperanza de que se respete uno de los últimos santuarios para la fauna y la flora autóctona.

Yo, denuncio públicamente la negligencia del Ayuntamiento de Mogán que ha consentido un daño ecológico de difícil arreglo sobre un paraje natural, de los pocos que le quedan. Denuncio la pasividad de las autoridades de Costas y de Medio Ambiente, que tan raudos y veloces son en expulsar a los canarios que intentan acampar en otras playas donde se molesta con las casetas la vista de los turistas, de no medir toda mi tierra con el mismo rasero, y de desentenderse de un paraje que han vendido a las acciones especulativas de unos pocos, permitiendo su destrucción de un forma interesada.

Colaboradores: Rosa H. Rivas, Jenny Hymoff, Mª Del Pino Medina
Fotos: Plácido Tortosa