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Transcripción de la conferencia ofrecida en la pasada Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife sobre la recuperación de la obra del injustamente poco conocido autor Pedro Víctor Debrigode Duggi. La recuperación crítica de la obra narrativa de Pedro Víctor Debrigode Duggi, nietzcheano creador de héroes y antihéroes como Audax, con la reciente publicación del volumen homenaje a la Literatura Popular en España, hace posible que salgan a la luz los materiales más reveladores de este autor de novela de género (entre los que se encuentran los hallazgos críticos del letrado astur Luis Manuel del Valle) y que descuella entre los mejores de Europa; cuyos relatos vendían muchas veces más de los seis millones de ejemplares en sus ediciones alemanas. En el marco del Aula de Periodismo del Instituto de Santa Cruz de Tenerife "Andrés Bello", se prepara de inmediato un especial dedicado a la obra del olvidado maestro, contando para dicha empresa con el testimonio cercano de su hija, Victoria Debrigode, jefa del departamento de Literatura del citado centro; alentando desde este momento el restablecimiento de su figura para el Santa Cruz progresista y creativo que todos deseamos y el impulso a la publicación de sus mejores novelas. A partir de este momento, digamos histórico, se puede concluir sin ambages que uno de los más prolíficos centros de producción de narrativa en lengua española durante los años 50 fue la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. El germen de las vanguardias (1927) no languidecería y hoy que la obra de los literatos de aquella época cobra su sitio en el idioma (García Cabrera, Emeterio Gutiérrez, etc.), y también lo hacen Rafael Arozarena, Isaac de Vega, Antonio Bermejo, Alfonso García Ramos, Francisco Pimentel, José Antonio Padrón, entre otros, comienzan a contar los antecesores de narradores desde Vázquez Figueroa hasta De Pablos, en la línea del género o Jesus R. Castellano con su última novela El "Negro". O la novela incognita de Alberto Omar hasta un larguísimo etcétera, todos marcados por esa contigüidad, las más de las veces del propio barrio de Duggi (cuyo apellido coincide con el segundo de Pedro Víctor Debrigode, y de cuya calle, de igual nombre, era vecino). Incluso el barrio tuvo su tertulia literaria en las terrazas del restaurante Pino Gumira en la calle de Porlier o en el ya derribado Kiosko Asunción. Según todos los indicios nos hallamos ante un creador que traspasa la comercialidad impuesta por el negocio editorial y asienta su estilo en las mejores lecturas y afanes literarios de mediados de siglo. El Conan Doyle santacrucero P.V. Debrigode adquiere los heterónimos de Arnaldo Visconti,, P.W. Debrigaw,. Red Colt, Peter Debry, Vic Peterson, Arnold Briggs, Geo Dugan, Chas Logan. Como un Pessoa de la narrativa, este autor, el más carismático del grupo, es visto por el crítico Jürgen Nowak como "un hombre que aun hoy en día está apreciado (por los lectores alemanes) como uno de los mejores escritores de novelas de aventuras". Pedro Victor Debrigode Duggi nació en Barcelona en 1914 de padres con ascendencia francesa y corsa. Se desplazó a Canarias con el objeto de terminar sus estudios de Derecho, y aquí pasó gran parte de su vida. Durante la guerra civil estuvo confinado en el penal del puerto de Santa María y al salir de prisión su dedicación estuvo más del lado de la escritura que del ejercicio de la abogacía. Según algunas fuentes sus avatares en prisión se debieron a una acusación de espionaje de que fue objeto después de que se hallara cumpliendo el servicio militar en Canarias. Fue en prisión, cuenta el crítico alemán, donde se despertaron sus talentos adormecidos, con la convicción de poder crear mundos fantásticos. Su estilo vendrá marcado por su confesión de que "había descubierto en sí mismo sus personales formas de narración, amoldadas al sujeto, para describir exclusivamente nítidas acciones y no para pintar perfiles psicológicos y sondear motivos". Jürgen Nowak continúa afirmando que en aquellos años franquistas, había muchos escritores y periodistas, sobre todo republicanos, que tenían verdaderas dificultades para ganarse el pan y, siempre bajo la presión de represalias políticas y las dificultades financieras, sólo les cabía la posibilidad de mantenerse a flote como escritores a sueldo de novelas populares. Luego trabajó como periodista para France Presse largo tiempo como redactor en Venezuela y en la propia agencia con sede en París. En los 70 "echando mano de su verdaderamente genial talento lingüístico comenzó a hacer traducción de relatos, novelas y ensayos de escritores extranjeros de gran renombre". Amante de la novela negra norteamericana de los años treinta y cuarenta, estimado como experto en cinematografía, muere en La Orotava en 1982. La recuperación de la obra de nuestro autor aparece así como una tarea inminente de la crítica, así también del estamento público, la de poner a salvo la imagen de un insigne y prestigioso escritor y periodista, que entre otras aportaciones, al igual que Alonso Quesada, da continuidad en despertar el humor en los géneros literarios del idioma, y consigue que el tema de la corrupción no haya sido una categoría ausente en la literatura nuestra. Los restos de Louis Armstrong Nada más difícil para la crítica literaria metropolitana que ubicar a su verdadero maestro de novela popular, el escritor periférico, ultraperiférico y nómada Debrigode Duggi. De ascendencia extranjera, catalán de nacimiento y tinerfeño de adopción, es el narrador más prolífico, original e independiente de la nómina de escritores de aventuras. Pedro Debrigode Duggi, escribió obra paralela, fuera de la mercancía que se ofrecía como producto del consumo de una época difícil y que debía ser abierta a la esperanza. Dicha obra la componen hasta el momento El Pirata Inocente de próxima publicación y seis guiones cinematográficos. Gusto en el que coincide con una pléyade de narradores canarios. Hay que retrotraerse a nuestro Santa Cruz de los cincuenta con su vida portuaria y comercial, de turismo americano, de cine negro y taxis descapotables e intérpretes. En esa franja intermedia entre la silenciada vanguardia europeísta y el degradado regionalismo, y la irrupción de una nueva y emergente corriente emblematizada luego en los narradores fetasianos. Allí aparece Pedro Debrigode Duggi, un hombre augural que ejemplifica al escritor de oficio y que hace posible que la corrupción no sea una categoría ausente en nuestra literatura. Un hombre que rueda en su chevrolet corvette, en unos tiempos, y que en otros ocupa casi todos los presidios. En los chaplones de todos los barrios se leen sus novelas, y en las más disímiles geografías, Alemania, Francia, España, Venezuela etc. En una cercanía física de frontón y boxeo, apuestas de gallos, y ludopatía de quinielas. De esta pura ficción era para nosotros en las cercanías de los umbrales de nuestros hogares los relatos acerca de un misterioso hombre que escribía durante la noche con varios relojes fijos a sus muñecas, que controlaban las horas de acciones de espías que iban y venían de interminables relatos que lo mantenían ocupado toda la noche. Hoy que muchos escritores no consideran la ficción policial como un lujo para un público sofisticado, ni que es rechazada por su escaso contacto con la realidad, debe entenderse asimismo que este escritor no sólo cuestiona la fuerza policial, sino que la detesta. Embisten así contra la injusticia, la globalización buscando su alternativa. Los escritores de los 50 no tuvieron otro remedio que ser duros, negros, que admiraron el cine y los relatos de Chandler o Hammett, y que incorporaron lecturas desde Faulkner a Hemingway o Cadwell, Bioy Casares o Borges. Los planos del enemigo y la alta tensión al infortunio, en los manglares del quinquenio prendieron la llama del narciso de calles de carros y adoquines. Calle 94, las peras de boxeo eran como una filosofía popular de aquellos años recubiertas con lona de estoicismo. Me parece un tiempo en que todos fuimos amigos porque éramos encajadores, resistentes, irrompibles y cada cual metía las narices en lo suyo. Al menos eso es lo que conviene recordar, porque la autoridad sí estaba en la casa de cada vecino y los peligros alertaban a la phronesis, la prudencia. Aquél humilde barrio cobijó a escritores como Debrigode, que esperanzados supieron resistir, como él mismo, hasta las andanadas de la libertad. |