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La visita a la capital, Santa Cruz de Tenerife, empieza en la Plaza de España, cercana al Puerto de Santa Cruz, y donde hay cierta facilidad de aparcamiento, por lo que es aconsejable dejar el automóvil aquí, si se ha venido en él, y hacer la excursión a pie. Esta gran plaza, de algo más de 5.000 m2, empezó a construirse en 1929, en el espacio que ocupaba antiguamente el Castillo de San Cristóbal, cuyo escudo, único superviviente de la demolición, aún puede verse. La plaza se acabó de construir en 1950, siendo levantado el monumento a los Caídos, una inmensa cruz en el centro de la plaza, en 1944. Es en esta plaza donde se vive más intensamente el mundialmente famoso Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, que puede disfrutarse durante el mes de febrero. Podemos comenzar la visita en el cercano edificio del Cabildo Insular, en cuya entrada se encuentra una maqueta de Tenerife, unos interesantes murales, y en las cercanías, una oficina de Turismo, que les puede ser de gran utilidad en el resto de su visita, tanto a la capital como al resto de la isla. De aquí podemos internarnos en la ciudad, subiendo por la calle Castillo hasta la cercana Plaza de la Candelaria, repleta de bazares y terrazas, y donde se encuentra el Palacio de Carta. Es este un interesante edificio, con una tradicional balconada y patio, y de estilo neoclásico canario, levantado en el siglo XVIII. Por una de las calles que llegan a la Plaza, la de San Francisco, llegamos a la iglesia del mismo nombre, de estilo barroco, restaurada en 1777, y con un bello retablo. Al lado de esta iglesia se encuentra el Museo Municipal de Bellas Artes, que cuenta con importantes obras en pintura y escultura de artistas europeos y canarios. A la entrada del museo está la Plaza del Príncipe (el nombre le viene del entonces Príncipe de Asturias, Alfonso XII), con cuidados jardines y dos estatuas procedentes de Génova que representan el invierno y el verano. Llegados a este punto conviene avisar que todo Santa Cruz es un auténtico Museo de Escultura al aire libre, como veremos más adelante. Volviendo a la calle de San Francisco, que merece una atenta mirada, tanto ella como las calles cercanas, podemos recorrerla en su totalidad, pasando por la Fuente de Isabel II hasta llegar al Museo Militar. Entre otros objetos, este museo atesora el famoso cañon Tigre, que el 25 de julio de 1797 dejara manco al almirante Nelson durante el ataque a la ciudad. A la salida del museo, tomamos por la derecha hasta llegar a la Rambla del General Franco, en donde podemos ver otras dos estatuas antes de llegar al Parque García Sanabria, una de las joyas de la ciudad con sus 65.000 m2 de variados jardines y paseos y una importante colección de estatuas de diversos estilos. El parque, que se empezó a construir en los primeros años 20, merece una visita larga y tranquila, en la que no puede faltar pasar por el bello Reloj de las Flores. Saliendo del Parque, puede seguirse el camino por la Rambla, donde encontraremos buena parte del resto del Museo de Esculturas al Aire Libre. Este conjunto escultórico tuvo su origen en la Exposición de Esculturas en la Calle organizada a finales de 1973. Con las donaciones de varios artistas de aquella exposición, y donaciones y compras posteriores, se ha ido ampliando hasta la magnífica colección que existe hoy en día. Al llegar a la Plaza de la Paz podemos girar por la Rambla de de Pulido, para llegar a la Capitanía General y la Plaza de Weyler, con una bella fuente de mármol. También es interesante, antes de girar en la Plaza de la Paz, seguir un poco hacia delante y ver el resto de las esculturas de la Rambla del General Franco. Desde la Plaza Weyler, por la calle Castillo, se llega al edificio del Parlamento de Canarias, de estilo neoclásico, y después, por Teobaldo Power y la calle Guimerá, llegamos al teatro del mismo nombre, inaugurado en 1851, y reformado a principios de siglo. Cercano al Teatro se encuentra el Centro de Arte La Recova, que merece una visita, especialmente por su colección de fotografías. Por la calle de Santo Domingo, en dirección al mar, llegamos a la Plaza y la Iglesia de la Concepción, con una capilla barroca. Desde aquí, y si quedan ganas y tiempo (pues estamos muy cerca de La Plaza de España, y puede darse por terminado el paseo, si se desea o nos hemos entretenido en exceso), podemos acercarnos hasta el Puente de Serrador, sobre el Barranco de Santos, que divide en dos la capital tinerfeña, y cruzarlo para llegar al Mercado de Nuestra Señora de África, con una interesante arquitectura. De aquí se puede partir hacia el interior de la ciudad, por la calle de San Sebastián, viendo el Estadio Heliodoro Rodríguez, hogar del Club Deportivo Tenerife, la Plaza de la República Dominicana, y el Parque de la Granja, también de unos 65.000 m2 y con varias esculturas, una de ellas dedicada al famoso naturalista Félix Rodríguez de la Fuente. En un lateral de este parque se encuentran la Casa de la Cultura y el Archivo Histórico Provincial. Desde el mercado, y en sentido contrario, por la calle José Hernandez, llegamos a la estación de guaguas (autobuses, en peninsular), y al Castillo de San Juan Bautista, del siglo XVII. Mirando hacia el mar, a su derecha encontramos el Parque Marítimo César Manrique, ideado por el artista lanzaroteño del mismo nombre (al igual que el Lago Martíanez, en Puerto de la Cruz), cuyas piscinas merecen una visita, aunque hay que pagar una pequeña entrada. En las cercanías se encuentran el Castillo de San Juan, el Palacio de Congresos y el Auditorio de Santa Cruz, este último en construcción, pero del que ya se puede apreciar un atrevido diseño en sus formas. Y desde aquí, volviendo por la Avenida de la Constitución y la Avenida Pedro de Rivera, llegamos nuevamente a la Plaza de España, donde podemos, si no lo hemos hecho ya, tomar una buena comida en cualquiera de los restaurantes de la calle Castillo, por ejemplo, o tomar de nuevo el coche y volver a nuestro alojamiento. |